LECTURAS
Empieza a leer 'Plastificados' de Sabrina Duque
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Nos comemos una tarjeta de crédito a la semana.
Cada vez que abría la despensa y veía los envases transparentes de plástico donde guardaba la pasta, el arroz, la quinoa; cada vez que hacía una compra y volvía a casa con tres bolsas de plástico para un solo frasco de mermelada, dos más para una bolsa –también de plástico– de manzanas, y terminaba con quince, veinte bolsas nuevas, fragilísimas, inútiles; cada vez que llegaba a la puerta de mi casa una caja de Amazon, repleta de bolsas plásticas llenas de aire para impedir que un objeto diminuto bailara dentro del cartón, lo recordaba:
Nos comemos una tarjeta de crédito a la semana.
Y me frustraba.
Sé que fue en 2019 cuando se publicó el estudio que nos anunció, a bombo y platillo, que la naturaleza estaba llena de plástico y que lo estábamos comiendo en el ceviche y bebiéndolo en la cerveza; unos dos mil pedacitos a la semana, un gran total de cinco gramos. La World Wide Fund for Nature lo publicó con un póster evocador: unos palillos sosteniendo una tarjeta de crédito y remojándola en salsa de soja. A partir de entonces, las imágenes de diminutas virutas de colores en cucharitas de metal empezaron a aparecer en los diarios: pedacitos de plástico de menos de cinco milímetros que, al parecer, nos llevábamos a la boca como si fueran una cucharada de cereales.
Cinco gramos en siete días: lo que pesa esa tarjeta de crédito que guardamos en la cartera. Unos veintiún gramos al mes (los gramos que pesa una botella PET de medio litro vacía). Unos doscientos cincuenta gramos al año: es decir, comerse el set de Lego de la película Up, con todo: la casa, el cascarrabias de Carl, el curioso Russell y el parlanchín Dug. Un cuarto de kilo de plástico colorido. Pero no puedo señalar cuándo fue la primera vez que escuché –¿o será que leí?– esa frase:
Nos comemos una tarjeta de crédito a la semana.
Sé que surgió de un programa de la Universidad de Newcastle, en Australia, donde un equipo reunió cincuenta y dos estudios que detallaban los alimentos y bebidas comunes que contienen microplásticos: la cerveza, los mariscos, la sal y el agua potable.
Puedo, eso sí, recordar el efecto que tuvo en mí cuando la oí de boca de un ser humano, en Atlanta, tres años después de que la publicación de la universidad acaparara titulares en todo el planeta. Al venir de una persona cercana, se convirtió en una suerte de gusano auditivo, una frase que irrumpe incluso cuando estoy pensando en otras cosas. Memorable.
Así que es natural que esas sean las primeras palabras con las que comienzo a escribir este libro. En estos años las hice mías, las repetí, y vi en la cara de muchas personas el horror, la sorpresa, la incredulidad, el gesto de asco al imaginar masticar su American Express esta semana y su Visa la próxima. Imagino que esa fue la cara que puse cuando la oí de una mujer que acababa de conocer y que, en poco tiempo, se convirtió en una querida amiga. Platicábamos de todo y de nada, desde el coro de la escuela de nuestros hijos, nuestro amor compartido por Jorge Drexler y la canción que había sacado el año anterior con Marisa Monte hasta las travesuras de nuestros perros, su Daisy y mi Thor, cuando apareció el tema del plástico que nos llevamos a la boca. Ella, Leticia Socal, estaba en París por su trabajo en una organización que ayudaba con la elaboración del tratado global de Naciones Unidas para poner fin a la contaminación por plásticos. Con esa amiga, que estudió Química, tiene un doctorado y conoce bien esa industria, seguí hablando del plástico cara a cara durante casi dos años mientras vivimos en la misma ciudad. Tecnología mediante, esa conversación aún continúa.
Aquel día volví a casa y caí, como Alicia, en una madriguera de conejo, adentrándome en internet en busca de pistas sobre qué le pasa a un cuerpo tomado por el plástico. Así aprendí que, cada año, once millones de toneladas de plástico terminan en el mar (imagínate sesenta y un mil ciento once ballenas azules hechas de plástico, entre dos y cuatro veces la cantidad de ballenas azules de carne y hueso que se calcula que habitan los mares). Ese plástico que viaja de los rellenos sanitarios empujado por el viento, o que escapa por las cañerías en forma de microfibras que se desprenden de la ropa durante el lavado, o de las cajas embaladas que viajan con el correo. Ese plástico que aterriza en un arroyo y después cae en un río que desemboca en el mar, luego se enreda en el pico de algún ave marina que confunde su movimiento sinuoso con el de un pez, o ahoga a una tortuga o mata a peces por inanición: se sienten saciados –de plástico– y no comen, no crecen, no viven. Y luego, esos peces o crustáceos llenos de plásticos terminan en nuestros platos, igual que las aves de corral que son alimentadas con harina de pescado, o las verduras y frutas que crecen contaminadas con los plásticos de los materiales que se usan en la agricultura. Que hay plástico en nuestro cuerpo. Que se ha encontrado en el cerebro de cadáveres humanos. Que los aditivos que están en los plásticos –bisfenol A, ftalatos, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladaspueden alterar el sistema endocrino de los seres humanos, variando el metabolismo, reduciendo los niveles de testosterona y de la hormona tiroidea. Que está en nuestros pulmones y en nuestra sangre. Que fluye de la leche materna a la boca del recién nacido. Que habita nuestras tripas y que no, no podemos evitarlo: porque está en el agua, en la comida y hasta en el aire. Eres lo que comes. ¿Somos plástico?
Aquel encuentro desembocó en un asalto a mi cocina. Abrí todas las gavetas. Saqué los pequeños envases de plástico con tapas de plástico, las bolsas con cierre zip, las tablas de picar, las tazas y cucharas de medir, los contenedores grandes para la harina y el arroz, los más pequeños para las especias. Los rodillos y bandejas. Los exprimidores de limón y la prensa de ajo.
Miré ese mesón atestado y, evocando a la Marie Kondo que nunca ha habitado en mí, eliminé todo lo que no me inspiraba alegría. Fue fácil, a estas alturas esa montaña colorida ante mis ojos me daba angustia: las tablas de picar, llenas de marcas de cortes de cuchillo, me hacían pensar qué recetas habrían llevado ese ingrediente secreto. Las grietas en el contenedor de arroz tenían el mismo efecto. Y, mirando de cerca, había surcos en mis queridas tazas de medir la harina y el azúcar, que sí me hacían sentir alegría al usarlas para hornear.
Desterré todos los contenedores y los dediqué a guardar adhesivos, bolígrafos, lápices, juguetes y cualquier cosa que no nos lleváramos a la boca. Jugué al Tetris en las gavetas de mi oficina, para acomodarlos y usarlos para almacenar rotuladores de colores, papelitos para dejar recados y clips. Aquellos objetos que no tenían posibilidad de reencarnación en la casa terminaron en el contenedor de reciclaje. Y juré que nunca más metería algo de plástico en el microondas y jubilé la cúpula que había comprado en Ikea para cubrir los platos que iba a recalentar. Como no le encontré otro uso, tomé la escalera, la puse en uno de los armarios más altos de la cocina y la olvidé. Pero no olvidé que cada semana nos llevamos a la boca una tarjeta de crédito. Pulverizada.
¿Por qué no reaccioné antes? Quizás porque ocurrió mientras vivía en Estados Unidos, en Georgia, donde es posible pasar un fin de semana fuera de casa y no ver ni un tenedor de metal ni un plato de cerámica.
Ese fin de semana al que me refiero fue en febrero de 2024. Viajamos a Jonesboro, un pueblo al sur de Atlanta donde ese año se presentó el coro de honor de las escuelas primarias de Georgia. Mientras nuestro hijo dedicaba un día entero a ensayar para la presentación del día siguiente, nosotros optamos por volver al hotel y buscar por internet un lugar para almorzar. No queríamos ir a uno de los tantos restaurantes de comida rápida que salpicaban las autopistas, así que exploramos el mapa de Google hasta que encontramos un restaurante de mariscos en las cercanías.
Los mariscos, camarones, langostas y cangrejos son animales que se comen con instrumentos. En la ciudad en la que nací, Guayaquil, los restaurantes de cangrejos, llamados «cangrejales», tienen sobre la mesa una tabla y un martillo de madera. En la ciudad en la que nació mi hijo, Lisboa, en las cervejarias donde sirven sapateiras, estas vienen con una serie de instrumentos de metal para quebrar la cáscara y sacar la carne. En la mesa de aquel restaurante de Jonesboro no había tabla ni martillo ni pinzas ni tenedores. Después de hacer el pedido (cangrejo y langosta), nos dieron tenedores de plástico negro envueltos en una servilleta de papel metidos en una bolsita de plástico sellada. Mi marido y yo nos miramos, incrédulos. Pero esa no fue la parte más increíble. La comida llegó dentro de una bolsa de plástico transparente. Hinchada. Llena de vapor. Cangrejo al plástico. Un almuerzo memorable.
Durante ese fin de semana no vimos un solo cubierto de metal. Ni siquiera en el hotel. En el desayuno, el restaurante solo tenía cucharas, tenedores, cuchillos, platos y vasos de plástico. Y un enorme basurero de plástico lleno hasta el tope con lo que los huéspedes usaron una sola vez para ese único desayuno.
Después de la presentación del coro, mientras conducía de regreso a Atlanta, mi marido dijo medio en serio y medio en broma que lo primero que haría al llegar a casa sería ir directo a la cocina, abrir la gaveta de los cubiertos y besarlos. Los había echado mucho de menos.
Mientras tecleo esto, aún no hay consenso sobre lo que produce el plástico en el cuerpo humano. Me pregunto cuántos pedacitos de llantas, vasos de papel de poliestireno, botellas y esas micropartículas que alguna vez estuvieron de moda en la industria de las pastas dentales estarán incrustados en mi carne o desplazándose por mis venas. Imagino que si esos microplásticos, de cinco milímetros, fueran visibles para el ojo humano, sentiría su circulación en mi cuerpo, como en una película de terror de extraterrestres. Aliens nadando en la carótida, alojándose en los pulmones.
Pero lo que invade nuestro cuerpo son los nanoplásticos, fracciones minúsculas que pueden atravesar la membrana de nuestras células. Esos nanoplásticos se han encontrado en el cerebro de los peces. Y en el de los seres humanos. Ese envase de Nutella que alguien incineró en un descampado se quebró en partículas diminutas y viajó por el aire hasta depositarse en los pulmones de alguien. Esas fibras de poliéster que salen en la lavadora y se van con el agua por la cañería. Esas que se quedan sueltas, en la ropa, y que al salir de la secadora vuelan por el aire y, a veces, entran por tu nariz sin que te des cuenta. Hay estudios que señalan que los plásticos pueden causar cáncer, ataques cardíacos y nacimientos prematuros. El plástico ha contaminado cada rincón del planeta, y no es ridículo preguntarse si esta es una contaminación permanente.
Escribir es mi forma de entender el mundo. Este es mi intento de descubrir cómo terminamos ahogándonos en nuestra propia invención, metabolizando nuestra basura. Es mi manera de averiguar sobre mi propia indiferencia, porque a pesar de haber crecido con imágenes de tortugas atrapadas en anillos de latas de cerveza y de haber leído innumerables noticias sobre microplásticos, no reaccioné hasta que conocí a una persona que trabajaba en la lucha para contener esa marea. Es mi estrategia para averiguar cómo llegamos aquí y si hay vida lejos del plástico.
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