LECTURAS

Empieza a leer 'Día de mareas' de Maylis de Kerangal

07/10/2026

Mas
solo un hombre – como una ciudad.

William Carlos Williams,
Paterson

Recibí la llamada a eso de las dos de la tarde, acababa de llegar a casa, llevaba aún el abrigo a la espalda y el bolso a la cadera, pesado como una piedra, hurgué en él en busca del móvil pero no lo encontré y acabé volcando su contenido sobre la mesilla del recibidor, que usamos a modo de vertedero, ni rastro, me quedé quieta, el piso estaba desierto, las vibraciones del móvil eran perfectamente audibles pero su origen parecía distante, inubicable, me palpé los bolsillos, que eran bajos y profundos y estaban llenos de papelitos arrugados, de migajas y virutas, a través del tejido sentí la carcasa vibrar bajo mis dedos y cuando por fin logré asirlo vi en la pantalla un número con prefijo 02, de la región Noroeste, descolgué y preguntó por mí un hombre que se presentó como «agente de la policía judicial», soy yo, le dije mientras me dirigía como una autómata a la silla más próxima, porque el suelo comenzaba ya a bascular bajo mis pies, y ahí, sentada, escuché al policía que, con el habla neutra y factual de quien se atiene a los procedimientos, me instaba a presentarme en la comisaría de Le Havre: nos gustaría hablar con usted de un asunto que le concierne.

¿Cómo?, balbuceé, ¿qué asunto? Me dijo que hacía dos días habían encontrado el cuerpo de un hombre en la vía pública, en Le Havre, un individuo no identificado, y se suponía que yo podía aportar más información, por eso requerían mi presencia. El pasillo se curvaba ante mí como una pista de bobsleigh. Me invadió tal sensación de velocidad que busqué un punto fijo al que sujetar la mirada: el logo de Nike de una zapatilla rellena de papel de periódico puesta a secar bajo el radiador, un picaporte de baquelita, un rombo de la alfombra. El policía me pedía que me personara en la comisaría de Le Havre al día siguiente a las nueve de la mañana, quería entrevistarse conmigo, le dije que muy bien, colgamos los dos y el tiempo se resquebrajó de golpe contra mi oído, crac, se partió en dos, mañana y tarde inconciliables ya, tan divergentes, inconexas y ajenas que era impensable que pudieran componer un mismo día, el día que pese a todo estaba viviendo.

Tras lo cual el silencio se solidificó en la habitación como el yeso al aire libre y me quedé inmóvil, sin fuerzas, incapaz de contener la retahíla de preguntas que se iban agolpando en mi interior, preguntas que le habría formulado al policía si su desabrida autoridad no me hubiera mantenido a distancia, desconcertada, tratando de ordenar los elementos de la frase: cuerpo de un hombre, vía pública, Le Havre. Fue al oír ese topónimo, Le Havre, fue al aislar en mi oído esa partícula de información, cuando la conversación dio un vuelco, cuando sentí el golpe sordo, porque yo –¿estaría al corriente el policía?– viví en esa ciudad, porque allí crecí como una mala hierba hasta alcanzar mi estatura adulta, con dientes, pies, corazón y pulmones a juego. El hombre que habían encontrado tenía al menos un punto en común conmigo, que era Le Havre.

La cocina ofrecía una estampa fría, pompeyana, todo en ella había sido abandonado, como si hubiera saltado una alarma en el edificio y la gente hubiera salido de allí por patas: el café había formado un sedimento negro en los fondos de las tazas, los cereales se habían secado en sus boles y las migas crujían bajo las suelas de mis zapatos. Ni Blaise ni Maia se habían molestado en recoger el desayuno, tendría que haberme enfadado pero apenas reparé en el desorden y la suciedad, aturdida como estaba, un asunto que le concierne, me eché un poco de agua fría por la cara y luego, con los brazos apoyados en el borde del fregadero y la cabeza encogida entre los hombros, pensé que ningún hombre de mi círculo se había ausentado, ninguno había desaparecido últimamente, de otro modo me habría enterado, sí, habría recibido algún mensaje, me habrían llamado, de eso podía estar segura, por más que la difusión de una mala noticia pasaba siempre, como bien sabía, por la activación de una red de contactos y el trazado de las paradas de posta, de los relevos, de esas afinidades a veces insospechadas en el seno de un grupo, un esquema jerárquico en el que yo no estaba muy bien situada: herida en mi orgullo al enterarme de una defunción al cabo de varios días o de un nacimiento con semanas de retraso, tenía la sensación de que mi número era el último de la lista oficial de transmisiones.

Me tumbé en el sofá del salón con los pies en alto y el abrigo puesto. Seguía sin aliento, sofocada, como si un niño de cinco años se me hubiese sentado en el pecho. El cuerpo de un hombre. La luz de noviembre –transparente, nacarada, una veladura– entraba en la habitación en rayos oblicuos, revelando la materia invisible de la atmósfera, todo ese polvo en suspensión. Revisé en el móvil los mensajes de texto de la última semana, los wasaps, consulté los correos, el spam, entornando los ojos ante la pantalla táctil, fría como un espejo, en busca de alguna pista. Un asunto que le concierne. Bien podía haber muerto alguien cercano a mí sin que nadie se enterase o notificase su ausencia, pensé, recorriendo con la mirada los gruesos libros de tipografía que forraban las paredes, era posible: a diferencia de las de los niños, las desapariciones de los adultos no son por fuerza alarmantes, aunque es normal que se den a la fuga, sedientos de soledad como lo estoy yo a veces, que se larguen en su coche o se suban a un autobús o a un tren y pasen fuera de circulación un tiempo que a menudo excede los tres días, olvidando deliberadamente sus papeles para olvidar quiénes son. El cuerpo de un hombre. Me acordé de Louis Kahn, fulminado por un infarto en los subterráneos de Penn Station una noche de marzo de 1974, cuando volvía de Bangladés: tres días, ese fue el tiempo que tardaron en identificar en la morgue de Nueva York al arquitecto de fama mundial que había diseñado universidades, bibliotecas, parlamentos y museos, cuya dirección en el pasaporte había sido raspada hasta resultar ilegible, igual que la marca de un secreto; como era de esperar, el recuerdo de aquel hombrecillo que trabajaba con el cemento en bruto y la luz, con la monumentalidad y el misterio, me devolvió a Le Havre.

No sé cuánto tiempo permanecí así, yacente, con los ojos clavados al techo y los pensamientos atrapados en una espiral donde la llamada del poli daba vueltas y más vueltas, bosquejando escenarios posibles, tan endebles que se venían abajo en cuestión de segundos. En el bolsillo del abrigo tenía aún el libro que Herminée Kartzavodiou me había dado después de comer, en la puerta de la pizzería, alegando con su marcado acento griego que necesitaba a alguien para grabar aquel texto tan notable, tan actual. Hablaba con la cara muy pegada a la mía, y con su piel amarillenta, su pelo teñido de negro cuervo y su iris izquierdo velado por el glaucoma, tenía el aire de una vieja pitonisa. Le eché un vistazo a la portada: Otoño alemán [Stig Dagerman], me sonaba vagamente, léetelo en cuanto puedas, dijo antes de darme un beso en una nube de Shalimar que no acababa de camuflar la de Marlboro Light, y la vi alejarse hacia la estación de metro Bonne Nouvelle, una pequeña silueta en forma de pera con el paso decidido.

Las ventanas de la habitación vibraron con el estruendo de un martillo neumático que horadaba el cemento allá abajo, en el bulevar, para abrir un nuevo carril bici. En la vía pública. El cielo estaba gris, en el edificio de enfrente se veían ya unas cuantas ventanas con las luces encendidas, acabábamos de cambiar al horario de invierno, debían de ser las cuatro de la tarde, no estaba segura. La idea de sacar la agenda y llamar a todos los hombres que conocía, uno por uno, a riesgo de pasarme el resto del día hablando con hombres amados, donjuanes solitarios, primos lejanos, ampliando progresivamente el círculo de los sentimientos para incluir a compañeros, colegas, conocidos, y guiándolo en dirección a Le Havre, que todos ellos podrían haber conocido de mil maneras, la posibilidad de darles un telefonazo exprés solo para asegurarme de que seguían con vida se me ocurrió en el mismo momento en que oí el ruido de una llave en la cerradura y reconocí los pasos de Blaise, ese andar un poco arrítmico –tiene una pierna más corta que la otra– y tan ligero que el parqué apenas rechistó.

Al instante lo tenía ante mí, con el impermeable arrugado, la corbata aflojada y un mechón gris cruzándole la cara, no muy fresca. Se acercó precedido por un olor a noche en vela y a grafito, con la voz enronquecida por los puritos, y me puso una mano en la frente, sorprendido de encontrarme tumbada en el salón a media tarde. ¿Qué hay?, ¿no trabajabas hoy?, ¿estás enferma? Vigorizada por su sola presencia, me puse en pie y, mientras me desataba el cinturón del abrigo, le recordé lacónicamente que la grabación había terminado la semana anterior y él se dio una palmada en la frente: ¡es verdad! Acababa de volver de los Vosgos, adonde había viajado la víspera para reunirse con unos fabricantes de papel de alta calidad: había ido en el «coche de empresa», como lo llama en broma, un Volvo familiar de 1993 con trescientos mil kilómetros a cuestas, que tiene la ventaja de poder configurarse como furgoneta para transportar cajas y pequeños equipos de imprenta, pero ha perdido la suspensión y es un martirio para su espalda.

La fábrica de los Vosgos es un taller histórico con una producción muy cotizada. Blaise había intentado renegociar los precios, que eran desorbitados, y reservarse ante todo los diversos papeles adecuados a su actividad, papeles que, en estos tiempos de escasez y para un pequeño impresor como él, un artesano que no imprime libros sino tarjetas de visita, participaciones, menús y otras tarjetas de invitación, trabajillos en suma de poca monta, estaba lejos de tener asegurados. Bueno, y ¿cómo fue? ¿conseguiste tu papel? Le puse una mano en la mejilla, él me besó la palma y luego se alisó el pelo hacia atrás, revelando dos entradas que avanzaban un buen trecho bajo las greñas: ah, sí, el papel, todo resuelto. Trataba de restar importancia a su satisfacción, era evidente, se quitó la corbata color berenjena sin desanudarla y acabó por confesarme que había vuelto dando un rodeo para ir a ver una imprenta de segunda mano, una máquina de antigua fabricación que acumulaba polvo en un cobertizo cerca de Charleroi, una OFMI Heidelberg, si la hubieras visto. Al final la había comprado, estaba feliz con su adquisición y tan molido por el viaje que dudé en mencionar la llamada de la policía. Se iba ya hacia nuestro dormitorio cuando lo retuve: Blaise, espera, tengo que contarte algo, algo un poco raro. Al oír mis palabras dio media vuelta muy despacio, como un carguero que cambia de rumbo. Traté de ir al grano, evitando toda digresión y disimulando mi malestar, pero en cuanto dije «Le Havre» vi que caía en la cuenta y sus grandes ojos grises se clavaron en los míos. El cuerpo de un hombre, en la vía pública.

Se fue sin mediar palabra, con las manos en las lumbares, sacando estómago y arqueando el cuello como para hacer crujir unas cervicales doloridas, y yo no fui tras él, sino que me dejé llevar por dios sabe qué pulsión arcaica y perdí el control, en aquel piso donde vivíamos desde hacía casi veinte años, olvidando que me había prometido no volver a hacerlo, no volver a ordenar, limpiar y recoger, olvidando las solemnísimas declaraciones que había hecho al respecto y los pósits en la puerta de la nevera, anuncios dirigidos a los que aquí vivían pero se imaginaban que esto era un hotel, o sea a Blaise, que se beneficiaba de un régimen de excepción histórico al que cada día me proponía poner fin sin llegar nunca a hacerlo, y a Maia, nuestra maravillosa hija, completamente ajena a la vida doméstica, y así, descartando en fin todas estas resoluciones me lancé sobre el fregadero, los armarios, el fondo de los cubos de basura y la lavadora, pasé el aspirador golpeándolo contra los zócalos, el cuerpo de un hombre, y monté tal jaleo que no oí detrás de mí a Blaise, que había cambiado de opinión y se acercaba rascándose la nuca con el codo en alto, muy inspector Colombo por un instante, con la misma pinta desaliñada y el mismo juego de velocidades –lento por fuera, rápido por dentro–. ¿Y se puede saber en qué te concierne a ti toda esta historia? Mandé callar al aspirador de un golpe de tacón y, apoyándome en el tubo, lo miré a los ojos y repetí palabra por palabra lo que me había dicho el policía, articulando cada sílaba, extremando la precisión y añadiendo que salía para Le Havre al día siguiente, en el primer tren, que me esperaban en la comisaría para una entrevista, que ya veríamos. Me escuchó con tanta atención que pensé que iba a contarme algo, alguna idea singular que se le había ocurrido, algún detalle que le había venido a la memoria, alguna de esas corazonadas de efecto retardado que solía tener y que eran la marca de su genio y de esa forma particular que tiene de andar siempre a contratiempo, pero en lugar de eso cruzó los brazos sobre el pecho, con las manos bajo las axilas y la mirada fija, hasta que se despegó del marco de la puerta. Voy a tumbarme un rato, murmuró, necesito echar una cabezadita, y como el día estaba roto y se me había hecho insufrible, lo seguí hasta nuestro dormitorio, donde las cortinas ya estaban corridas. Blaise se acostó en posición fetal y yo me acurruqué detrás de él, con la boca en su nuca y las rodillas en sus corvas, con los maléolos de nuestros tobillos rozándose, mi brazo alrededor de su cadera y la palma de mi mano sobre su estómago caído sobre el colchón, apretada contra su espalda como si quisiera conciliar por ósmosis el sueño que se apoderaba de él pero a mí me rehuía. Un asunto que le concierne.

***

Traducción de Álex Gibert

***

Descubre más sobre Día de mareas, de Maylis de Kerangal, aquí.

COMPARTE
COMENTARIOS