LECTURAS
Empieza a leer 'Contra las fronteras' de Gonzalo Fanjul
Quizás las opiniones que contienen las próximas páginas no están todavía tan a la moda como para contar con el apoyo general. La costumbre prolongada de no considerar algo erróneo produce la impresión superficial de que es correcto, y despierta un formidable entusiasmo en defensa de lo establecido. Pero el tumulto cede pronto. El tiempo produce más conversos que la razón.
Thomas Paine,
«Introducción», Sentido común (1776)
¿Nunca se convence a nadie de nada?
En diciembre de 2008 Lorraine Henderson fue detenida por contratar a tres inmigrantes brasileños sin papeles para que se ocuparan del jardín de su casa de veraneo de Salem, en el estado de Massachusetts. Su arresto hubiera pasado desapercibido, entre los miles de sanciones de este tipo que se producen todos los meses en Estados Unidos, si no fuese porque esta funcionaria federal era precisamente la responsable de controlar la entrada de inmigrantes irregulares en ese estado. De hecho, cuando fue detenida dirigía un equipo de más de doscientos agentes que luchaban por tierra, mar y aire contra los trabajadores sin papeles y sus familias.
La señora Henderson cometió un delito de hipocresía. Visto desde la perspectiva distópica de la Norteamérica de los últimos años, donde la cacería de migrantes se ha convertido en rutina y las autoridades presumen de saltarse la ley, su caso despierta ternura. Lo que me parece interesante de él es la naturalidad con la que ilustra la paradoja en la que vivimos instalados: una parte mayoritaria de las sociedades de destino exige medidas más duras contra la inmigración mientras contrata a trabajadores irregulares y consume en los establecimientos en los que estos están empleados, a menudo en condiciones miserables. No es que ignoren que están tratando con gente «fuera de la ley», sino que asumen el fracaso práctico de un sistema que ellos mismos contribuyen a perpetuar con su voto y consideran que sus consecuencias son una fuerza inevitable de la naturaleza. Esta omisión me parece insoportable.
El régimen migratorio global –porque es posible hablar de un modelo extendido y homogéneo que se repite en todos los rincones del planeta– es inmoral por muchas razones: establece un sistema de castas basado en el color del pasaporte; fomenta la explotación de seres humanos y vulnera el sentimiento más básico de responsabilidad frente al otro; perpetúa la preeminencia de los derechos nacionales frente a los universales, y alimenta las peores pulsiones racistas e identitarias de nuestras sociedades. Además de representar una forma de ver el mundo, se ha convertido en el sumidero de los Estados de derecho, por el que además se cuelan los especímenes menos edificantes de nuestro panorama político.
Con todo, la inmoralidad del modelo pasa a un segundo plano cuando consideramos su insensatez. En la medida en que su propósito es detener los flujos de inmigración y no gobernarlos, este sistema social y político nos perjudica a todos sin excepción, empezando por las propias personas migrantes y continuando con los ciudadanos de los países de destino que dependen de Estados de bienestar carcomidos por la regresión demográfica. El empeño en sostener un modelo de movilidad laboral internacional patológicamente restrictivo en un mundo que necesita a los migrantes más que nunca constituye un error que ya estamos pagando caro.
Conviene dejar algo claro desde el principio: la idea de ordenar las fronteras y establecer límites a la migración es perfectamente razonable. Pero no de esta manera. Tras una fachada de control, este sistema solo ofrece caos; y en el caos perdemos todos, especialmente los más vulnerables. El desorden de nuestro modelo migratorio preocupa legítimamente a una parte de la sociedad que no lo ha elegido y que rechaza las disfunciones que se derivan de él. Sienten que deben competir con los recién llegados por unos servicios públicos cada vez más deteriorados. Ven transformarse sus barrios, con rostros, lenguas y comercios que les resultan ajenos. Observan con frustración la incapacidad de las administraciones para frenar o gestionar las llegadas no permitidas a nuestras costas. Una parte de este rechazo se explica por las dificultades inevitables de adaptarse a una sociedad que cambia, pero otra parte responde a políticas públicas equivocadas y a estrategias electorales malintencionadas que pueden y deben ser corregidas.
Esta constatación, la de que la reforma migratoria global se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, es la que fundamenta este libro, que está tan interesado en el diagnóstico de lo que funciona mal (el porqué) como en la propuesta (el qué) y el camino para llegar a ella (el cómo). Su mensaje principal es sencillo: frente al fracaso de este modelo, hay alternativas mejores. Podemos aspirar a un arreglo social y político de las migraciones que haga más prósperas a las sociedades y facilite la transición demográfica sin romper nuestras comunidades. Un arreglo compatible con el orden que debe imperar en las fronteras, pero también con el sentido básico de lo que es humano y decente, que comparte la inmensa mayoría de la sociedad más allá del partido al que vote. Para lograrlo, necesitamos unir fuerzas y explorar nuevas ideas.
La pregunta es cómo conseguir esto en medio de una grave polarización social, espoleada cada día por actores que se benefician de ella. Decía Rafael Sánchez Ferlosio, hablando de cuestiones mucho menos radioactivas que la migración, que en este tiempo «nunca se convence a nadie de nada». Mi intención es cuestionar este axioma: creo sinceramente que una parte considerable de nuestras sociedades estaría dispuesta a aceptar una alternativa sobre la base de la combinación adecuada de valores e intereses como los que se exponen en este libro. Como mínimo, me siento obligado a denunciar una maquinaria económica, política y policial que aplasta todos los días los derechos de millones de personas.
Si estas páginas contribuyen en algo a estos propósitos, habrán cumplido su objetivo.
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