17/11/2016
Texto de Jorge Herralde: "Canutos con Copi"

No era muy glamorosa, es verdad, pero sí siempre imprevisible y tronchante, en sus silencios, en sus palabras, en sus reacciones. Y por eso a todos nos subyugó «La mujer sentada», Sheherezade lacónica, saltimbanqui atornillada a una silla, el personaje de la página de la bande dessinée de Copi que aparecía cada semana en Le Nouvel Observateur. Éste fue mi primer contacto con aquella enigmática firma, Copi.

Luego vino El uruguayo, una novela corta que publicó Christian Bourgois en un tomito en 1972. Me gustó tanto como los dibujos de nuestro versátil autor (que también escribía teatro y actuaba). Por entonces se había trasladado a París, con poco dinero, un joven aspirante a literato, Enrique Vila-Matas, y le propuse traducirlo. Creo que fue su primera traducción, bastante breve y con el autor a mano para consultar dudas.

Cuando Enrique me la envió, Bourgois me dijo que Copi quería revisarla, lo que me pareció perfecto. Pero pasaron los meses (y los años) y no había respuesta de Copi; insistí y seguíamos sin la traducción revisada, aunque se trataba sólo de algo más de una treintena de folios. Así que aproveché un viaje a París para intentar hablar con el esquivo Copi y fui al teatro donde estaba actuando en una pieza suya en la que era el protagonista, disfrazado de larguirucha rata, totalmente verosímil, genial. A la salida, Copi con un peludísimo abrigo blanco hasta los pies, nos fuimos a un bar para comentar la jugada: ningún problema, dijo, podíamos editar el libro, él no tenía tiempo (ni ganas, supongo) de revisar la traducción (ni ésta ni ninguna de las otras que luego publiqué).

Por fin, El uruguayo, junto con los cuentos de Las viejas travestis, apareció en un volumen, en 1978, en la colección «Contraseñas», donde poco antes ya había publicado El baile de las locas, una novela posterior pero ajena a tantas dilaciones.

En los años sucesivos vi a Copi varias veces en París. Así, me llevó a ver el estreno de una pieza suya de teatro interpretada por Bernadette Laffont y otras estrellas de lo que había sido la nouvelle vague. Copi estaba muy halagado con el reparto, nada marginal, nada off Paris. Luego acompañé a toda la banda a una de esas espaciosas brasseries parisinas, con bandejas y bandejas de marisco para celebrarlo. Entre los amigos estaba Wolinski, su compinche en la memorable revista Hara-Kiri.

En otra ocasión me llevó a almorzar a su pisito de Montmartre, que compartía con uno de sus hermanos, casi no podíamos ver los platos por la humareda de la marihuana. Con Copi estaba su fiel agente Luca Stalleti, que se ocupaba también de Cavanna, Wolinski y otros dibujantes; Stalleti tenía un físico de boxeador recién retirado, un peso medio gouallieur y bon vivant, un personaje con aire de série noire.También nos vimos varias veces con su gran amigo Guy Hocquenghem, activista de los movimientos gay, líder del frente homosexual de acción revolucionaria (fhar), arcángel tenebroso siempre en el qui vive, una de las primeras víctimas del sida en París. Por aquel entonces yo había publicado Álbum sistemático de la infancia, de René Schérer y el propio Hocquenghem, un libro que buceaba en la pedofilia, inquietante y osadísimo, tanto que la crítica pasó de puntillas, lo más lejos posible. Pero donde más nos vimos con Copi fue en sus estancias en Barcelona.

Una noche me encontré con Joan de Sagarra en el Parelladeta, un restaurante casero y familiar, en la calle Casanovas, al que muchos amigos íbamos con cierta frecuencia, aunque no tanta como Terenci Moix, para quien era su cuartel general.

Empezamos a hablar de Copi con Joan, que también lo admiraba mucho. En aquellos años de libertad impensable en Barcelona, como de vacío de poder, entre el fin del franquismo y la transición, oficiaba de alcalde José María Socías, que pese a su pasado falangista (o para hacérselo perdonar) era de un talante muy dialogante y progresista (luego ingresó en el partido socialista, en el que ha tenido una carrera discreta, creo). Como ejemplo de este talante había nombrado concejal de cultura a Joan de Sagarra, enfant terrible vocacional y gran conocedor del teatro europeo.

Hablando y hablando del Copi dibujante, del Copi narrador, del Copi teatrero, Sagarra decidió: «Lo traeremos a Barcelona». Y así fue: el Ayuntamiento de Barcelona, apenas posfranquista, patrocinó el estreno en Barcelona nada menos que de Loretta Strong, una pieza en la que Copi, además de autor, era el único intérprete.

El estreno tuvo lugar en el Diana, un teatro del Barrio Chino (aún no rebautizado al baño María como Raval) que había sido «tomado» por libertarios varios, con el joven Mario Gas al frente, un lugar de contestación nada encorsetada. Y llegó la noche del estreno: Copi travestido como Loretta Strong, desplazándose a velocidades sincopadas en una silla de ruedas a lo largo y ancho del escenario, leyendo en unos grandes libretones el texto de la pieza, escrito a lápiz en letras enormes... Copi logró desbordar a nuestros encallecidos insumisos locales. Sin pretenderlo, comme ça.

Por cierto, había pensado que para la portada de El baile de las locas, que publicaría poco después, iría muy bien una foto de Bibi Andersen, que vivía entonces en Barcelona. Una madrugada, al salir de Bocaccio, habíamos recalado Vila-Matas y yo, bastante comatosos, en los Talleres Tejada, un bar que se abría de madrugada, algo así como un after hours de la época, pero con bebida y comida, noctámbulos y camioneros, en vez de música tecno. Sentada a una mesa con un grupo de amigos estaba la guapísima Bibi. Me acerqué, flanqueado por Enrique, y con el santo y seña de mi amigo Vicente Aranda, que la había dirigido en Cambio de sexo, le comenté lo de la foto, aunque ya me daba cuenta de que la atmósfera no era muy profesional para la propuesta (o pretexto). Unos días después la fui a buscar a Barcelona de Noche, el local golfo donde actuaba, y luego la dejé en Bocaccio, donde la esperaba su novio. Esta vez logré articular con más precisión mis intenciones (amablemente acogidas) y le llevé la edición de un libro de Manolo Vázquez Montalbán que Anagrama había publicado, Guillemotta en el país de las Guillerminas, en el que la pícara Guillermina ocupaba la portada con boa y minifalda y fumándose un purazo; pero luego, con el verano inmediato, la cosa se dispersó, y al final Julio Vivas dibujó una excelente ilustración.

En otra visita se organizó una lectura de una obra de teatro, la primera que Copi había escrito en español. La lectura, a cargo del propio Copi, tuvo lugar ante un grupo reducido, Alberto Cardín y sus amigos, en casa de Mario Trejo, un poeta argentino, notable, que durante un tiempo ejerció de chevalier servant de Esther Tusquets, quien le publicó una antología en su espléndida colección de poesía.

Marihuana a tope, como siempre con Copi, pero mientras todos la fumábamos ya de una manera casual, como un pitillo cualquiera, quizá aspirando el humo de forma más enfática, Mario Trejo aún ejecutaba aquellos aparatosos rituales de los sixties, con un revoloteo de manos como tocando la armónica. La lectura en sí resultó bastante interminable, con un español campanudo y estrambótico, algo así como una versión platense de La venganza de Don Mendo, pero, en fin, el recuerdo es vago.

Sobre todo en una de sus dos estancias en Barcelona, salíamos cada noche. Lo llevé al Molino, que le divirtió bastante, pero donde se lo pasaba mejor era en el Whisky Twist, un local de travestis, junto a la calle Escudellers, supercutre y desmadrado, donde ofició durante años Violeta la Burra.

Después de Barcelona, Copi se iba a Ibiza, a una casa en el campo con su madre y su hermano. Me invitó a pasar unos días, pero justo en aquellas fechas yo empezaba a salir con Lali Gubern y habíamos previsto un viaje a Sóller. Antes o después o en algún momento (recuérdese aquella frase: «Alguien que se acuerda de lo que hizo en los sesenta, no estuvo en los sesenta»; también podía valer para los setenta), sentados Copi y yo en una terraza de un bar de la Rambla me dijo ante una propuesta de cena, con varios amigos, que ya no le apetecía relacionarse con gente heterosexual.

Yo estaba fascinado por el personaje. Al escribir esto, recuerdo «Eres demasiado hip, tío», un espléndido cuento de Terry Southern, del libro A la rica marihuana. En él, un joven expatriado norte­americano en París, amante del jazz, frecuenta una cava donde toca un músico negro. Se hace tan inseparable de éste y de su mujer que quedan desconcertados, no saben qué pretende. En un momento dado, ella se insinúa al joven, sin éxito; luego lo hace el marido, por si acaso, también sin resultado. El joven es sólo un adicto al jazz y a los negros, sólo quería estar con ellos; el músico concluye: «Eres demasiado hip, tío».

Durante años me llamó ocasionalmente, casi siempre de madrugada, el olor a marihuana cabalgando de París a Barcelona por el hilo telefónico, risas y chismes y un reproche: «Jorge, ¿por qué no publicas mi teatro?». Yo argumentaba que debía traducirlo él mismo («¿Te imaginas El regreso de Eva Perón traducido por otro?»), en especial ahora que se había reencontrado literariamente con el español; si lo hacía, lo publicaría enseguida. No salimos del impasse.

Cuando murió en 1988, organicé con el Casal Lambda un pequeño homenaje en su honor en una sala de La Virreina, acompañado de Alberto Cardín (también luego víctima del sida), Ángel Pavlovsky, serio, sin maquillar (seguro que Copi lo hubiera preferido en drag queen), y Armand de Fluvià, factótum de Lambda.

Poco antes de morir, típicamente, Copi había escrito y estrenado una obra, Una visita inoportuna, los últimos días de un enfermo de sida en un hospital. Sin una sombra de autocompasión, humour jaune chirriante. Una despedida ejemplar, como si nada. Chapeau, Copi.

 

Jorge Herralde  

Julio de 2000, Avui (Recogido en Opiniones mohicanas, Acantilado, 2001).


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